lunes 9 de noviembre de 2009

La Fundación (XVIII)

El día de salida del barco desde el puerto de Baelo, Marco se encontró con Turibriga y Tursina en las tiendas del foro, que gracias al incipiente comercio ofrecían de todo. Madre e hija llevaban sus espesos mantos y se acercaron apresuradamente al comerciante, cogiéndole de los brazos y casi arrastrándolo a la nueva casa del cabecilla. Cuando entraron ambas se descubrieron los rostros. Marco ya conocía la rubicunda cara de Turibriga, pero por primera vez pudo ver a la bella Tursina, con sus ojos verdes, su pelo trigueño y su armoniosa sonrisa de estatua clásica.

- Te hemos traído aquí – le dijo la madre con su habitual sonrisa- para que le pidas a mi esposo la mano de mi hija. Ya se le pasa la edad de casarse y sólo tiene ojos para ti. Pero como nunca te veía no podíamos decirte nada. Por eso te hemos hecho venir.

- Quiero que sepas que me enamoré de ti desde el primer momento... - Tursina se acercó lentamente a Marco y dio un leve beso en los labios, acariciando la barba recortada que se había dejado el comerciante desde su llegada a Hispania.

Marco no sabía como reaccionar, pues si bien él también se sentía atraído por Tursina, le resultaba muy violenta la escena que se estaba desarrollando. Pero ante la gesticulación de Turibriga, Marco no pudo menos que abrazar a su hija y devolverle un apasionado beso, con el que dejó claro que él también la amaba.

Luxinio observaba satisfecho escondido tras unas cortinas; aunque habían obtenido la ciudadanía romana por parte del emperador, no sería bajo ningún concepto un mal partido el casamiento de su hija con un ciudadano romano de pura cepa.

Al día siguiente, Marco fue a pedir al cabecilla la mano de su hija, todo un gran acontecimiento en la ciudad, que pocos días después celebró su boda. La fiesta duró varios días, donde hasta los esclavos danzaron y comieron hasta la saciedad. Terminada ésta, los esposos se retiraron a la villa cercana a las canteras para comenzar allí su boda conyugal.